jueves, 16 de abril de 2026

PRESENTAMOS ALGUNOS CASOS DE BICHONARIO

 CASO 01: 

¿Qué estará construyendo el tiburón martillo?



Bajo la luz filtrada del arrecife, donde el azul se vuelve cobalto, el tiburón martillo no patrullaba en busca de presas. Movía su cabeza de lado a lado con una precisión milimétrica, usando sus sensores para detectar algo más que latidos: buscaba geometría.

En el centro de una fosa olvidada, estaba ensamblando una catedral de cristal volcánico. No era un refugio, sino un faro sónico. Con cada pieza de obsidiana que encajaba usando la fuerza de su morro, la estructura vibraba en una frecuencia que solo las grandes criaturas de las profundidades podían sentir.

El tiburón no estaba construyendo una casa; estaba construyendo una antena de comunicación para convocar a la primera asamblea de los océanos. El cristal brillaba con una luz interna, esperando el golpe final que daría inicio a una nueva era bajo el agua.


CASO 02:

¿Qué festeja el pez globo?

El pez globo suele protagonizar historias que festejan la aceptación personal y la valentía de sentir. Dependiendo de la historia específica, lo que festeja varía:

OPCIÓN A:


La magia de las habilidades propias: En el arrecife, el pez globo, termina festejando la creación de una escuela llamada "Muestra tu magia", donde se celebra que cada criatura tiene talentos únicos sin necesidad de presumir o sentirse superior.


OPCIÓN B:


  La valentía de las emociones: El Pez Globo festeja que sentir —incluso llorar— no es una    debilidad, sino una forma poderosa de habitar el mundo.

  Opción C: 


  La Superación del miedo: El Pez Globo festeja el descubrimiento de su propia valentía          tras superar el temor a inflarse o a lo desconocido. 
    
  Algo más una curiosidad: En la vida real, el pez globo japonés también es famoso por un      tipo de "festejo" artístico: el macho construye intrincados y geométricos murales de                  arena en el fondo del mar para atraer a su pareja, una verdadera obra de arte submarina        que fue un misterio durante décadas.

 


 CASO 03:

¿Con quién pelea el colibrí picoespada?



En el mundo natural y en los relatos de observación de aves, el colibrí picoespada (Ensifera ensifera) suele pelear principalmente con el colibrí coruscans (también conocido como colibrí rutilante) para defender su territorio y las flores de las que se alimenta. 

Debido a su carácter sumamente territorial, el picoespada utiliza su pico —que es el único en el mundo más largo que su propio cuerpo— como una verdadera espada en duelos aéreos contra otros machos o especies competidoras. 

Aunque es un ave ágil y valiente, en estos enfrentamientos a menudo se ve superado por el colibrí coruscans cuando este último ataca en mayor número de individuos. 

BIOGRAFÍA DE EDUADO ABEL GIMÉNEZ AUTOR DE BICHONARIO

 


Biografía

Eduardo Abel Giménez nació cerca de Buenos Aires, en 1954. Fue músico, hizo revistas de ingenio y de crucigramas, programó computadoras, y empezó a escribir desde chico.

Publicó su primer libro, El fondo del pozo (una novela para adultos), en 1984, y a partir de entonces aparecieron unos doce o quince más.

Entre ellos hay novelas juveniles (Un paseo por CamarjaliMonstruos por el borde del mundoQuiero escapar de BrigitteEl viajero del tiempo llega al mundo del futuro).

Hay libros álbum (Como agua, con Cecilia Afonso Esteves, El hilo, con Claudia Degliuomini).

Hay humor (Bichonario, con Douglas Wright, en varias ediciones y formatos).

Hay libros de juegos para resolver (La caja mágica y la colección El laberinto de los juegos, ambos con Douglas Wright; y Días de fuga de la prisión multiplicada).

Hay un libro de cuentos (La Ciudad de las Nubes). Además, Eduardo es fundador de Imaginaria (imaginaria.com.ar), revista en la Web sobre literatura infantil y juvenil, que codirige desde 1999 con Roberto Sotelo.

Por encima de todo, Eduardo tiene un hijo, lee mucho, y juega mucho con su computadora.




miércoles, 15 de abril de 2026

LA FAMILIA INVISIBLE

 


La familia invisible

HABIA UNA VEZ un señor y una señora invisibles. También una linda nena invisible. En suma: una familia.
Vivían en Boulogne.

Apenas llegaron al barrio, los vecinos tuvieron que acostumbrarse a algunas cosas que eran raras sólo en apariencia: la máquina de cortar el pasto funcionaba sola; la bicicleta se mantenía parada en el medio de la vereda.

Todo el mundo reconocía a los invisibles por el perfume.
Y por el perfume los saludaban en el barrio.
La familia tenía siempre un rico olor a talco de azucenas.
Cuando alguien olía venir las azucenas, saludaba hacia allí sin ninguna duda:
—Buenas tardes.
—Buenas tardes —respondía alguno de los invisibles. La mamá, el papá, la nena...

Cuando llegó el mes de setiembre florecieron las azucenas en los jardines. Entonces hubo algunos días de confusión.
Sin querer, los vecinos dejaron de saludarlos. O saludaban al aire creyendo que los invisibles estaban allí.
Ni bien se dieron cuenta del error, reemplazaron discretamente sus azucenas por portulacas que no huelen a nada.

Pero en marzo los vecinos notaron algo diferente.
Un cierto aroma a humedad, a zorrino joven, a pelela en día de estreno, a zoológico recién inaugurado aleteaba por la vereda mezclado con el olor a talco de azucenas.
El barrio entendió enseguida.
Se alegraron mucho y felicitaron sinceramente a la familia:
El nuevo bebé invisible tomaba leche de una teta invisible, pero en todo lo demás era igual a los otros bebés.


BIOGRAFÍA DE UNA ESCRITORA: MARIANA KIRZNER

 



LA NUBE

La nube

Los cuatro amigos duermen dentro de la cueva abrigándose con el calor de los perros.

La fogata está encendida. Abril calienta sus manos por encima de las llamas. Saca del bolsillo su celular y mueve sus dedos escribiendo en el teclado que imagina sobre la pantalla negra. Repite esta acción de manera automática una y otra vez recordando su otra vida. No distingue si pasaron meses o años.

Ahora están en las cuevas, como en la época de las cavernas. Hasta físicamente ya se parecen a los primeros humanos. Abril había visto imágenes en internet. “Somos homo sapiens evolucionados que involucionaron”, piensa. Ahora la historia ha vuelto atrás en una real pesadilla.

Abril se recuesta a la intemperie. Uno de los perros se acomoda a su lado. Mientras acaricia al animal que la abriga con su cuerpo peludo, mira el cielo que no es celeste, ni gris y va cambiado de color. No están las nubes, nunca sale el sol y tampoco la luna.

En este cielo se ven archivos, datos, fotos, videos, mensajes, códigos, contraseñas. Infinidad de información que va y viene.

Los cuatro amigos, además de salir a cazar y a recolectar plantas para comer, pasan las horas del día contemplando el mundo a través de ese cielo.

Abril no puede dormir. Recuerda todo como si hubiera pasado ayer.

 Comenzó o terminó en un día común, como cualquier otro.

Abril se levantó temprano para imprimir el trabajo de geografía. La impresora se le trabó con el papel que quedó adentro. No pudo hacerla funcionar. Fue a la cocina a prepararse una leche, pero cuando puso el vaso en el microondas, se cortó la luz. Su mamá se levantó y subió la térmica para recobrar la electricidad.

Abril grabó el trabajo en un pen drive. Estaba por salir cuando escuchó gritos. Unos vecinos se habían quedado encerrados en el ascensor.

Y el día siguió con incontables desperfectos: El celular de Abril tenía poca batería en media hora a pesar de que lo había cargado al 100%. El timbre de la escuela sonaba sin parar, descontrolado y los maestros no podían detenerlo. En el primer recreo las computadoras se encendieron solas y estallaron. El cocinero salió corriendo a buscar a la directora porque la heladera se incendió. Explotaron los tubos de luz de la sala de música y despidieron un humo negro que los asfixiaba. Activaron el plan de evacuación y los alumnos y docentes fueron a la escuela más cercana. Allá tenían los mismos problemas. Pero lo que la hizo entrar en pánico fue un mensaje que llegó a todos los celulares del mundo al mismo tiempo. Abril lo leyó en el de una compañera para ahorrar la poca batería que tenía el suyo.

Decía:

“¡Algunos quedarán almacenados!”.

Aunque la mayoría pensó que se trataba de una broma de mal gusto y nadie le dio demasiada validez al texto, Abril tuvo miedo.

A raíz de ese mensaje, muchas personas enviaron toda clase de comentarios, mensajes, memes, burlas y predicciones falsas por las redes sociales. Y a las cuatro de la tarde sucedió. Estallaron algunos celulares, y generaron un humo amarillento. El cielo quedó completamente cubierto y el olor era insoportable. Abril se recuerda en el patio de la otra escuela con los ojos llorosos y tapándose la nariz para no inhalar. Esa fue la única imagen que le quedó, porque después se desmayó. 

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Y cuando despertó ya estaba junto a Francisco, Javier y Tamara, ahí, en la nube de internet.

A pesar de las investigaciones que los cuatro realizan, no saben en cuál de los servidores están. Tratan de descubrirlo para poder volver. Por eso van relacionando los datos, las fotos, archivos y todo lo que descubren.

—Estamos almacenados —dice Francisco.

—¿Habrá otros como nosotros en otros servidores? —pregunta Javier.

—Tenemos que encontrar la manera de mandar un mensaje —dice Abril.

—Es imposible. Si no tenemos electricidad, menos tendremos conexión…

—se queja Javier—. Pensemos con tranquilidad. ¿Cuáles son los riesgos de estar en la nube?

—pregunta Francisco—, pueden ser beneficiosos para nosotros.

—Cuando me pasaba horas conectada, mi papá me decía que no podemos estar seguros de quiénes ven lo que subimos, que dejamos de tener control de nuestros archivos, imágenes y datos. No sabemos si están o no protegidos y estamos obligados a confiar información personal o confidencial a otro. Pienso que, tal vez, un hacker pueda intentar entrar en la nube. Pero, sin internet no hay nube…

—Entonces, si hay nube es porque hay conectividad —dice Francisco—. Tenemos que acercarnos al cielo de datos.

—¿Ustedes saben construir un avión? No, y yo tampoco —dice Javier con ironía.

Mientras ellos discuten, Tamara, que había permanecido callada, dibuja algo con una rama sobre la tierra.

—¿Qué es? —le pregunta Abril

—Un mapa. Tiene que haber una fractura, por algún lado entramos. No hay magia en esto.

—¡Un hacker! Necesitamos uno que pueda meterse en este servidor para sacarnos

—dice Francisco.

—¡Yo mejor me voy a dormir una siesta! Nada de lo que dicen tiene sentido —se queja Javier.

—Estamos pensando muy desordenados —advierte Abril.

Tratemos de evaluar todos los temas.

El tiempo pasa.

Tamara talla un calendario en una gran roca.

Abril fabrica un reloj de arena.

Francisco estudia de manera obsesiva cada perfil de las redes sociales.

Javier recolecta comida y duerme.

Juntos construyen un globo aerostático y lo envían al cielo de datos con algunas prendas que tenían cuando llegaron y también con los celulares que eran inservibles.

Los cuatro envejecen y mueren en las cuevas. Pero, Abril y Francisco han tenido un hijo.

Iván, que ya es adolescente, duerme dentro de la cueva abrigado con el calor de los perros. Está solo pero tranquilo en el único mundo que conoce. Hasta que los perros comienzan a ladrar con furia.

El chico sale de la cueva, el cielo lo encandila y lo enceguece. Cierra los ojos.

Cuando los abre está dentro de una habitación. Lo sabe porque sus padres le habían contado cómo eran las casas donde ellos vivían.

En un escritorio hay una joven escribiendo frente a una computadora.

—¡Te encontré! — le dice la hacker.

Un cuento del libro Malditos dispositivos. Editorial Mil Trazos.


martes, 14 de abril de 2026

BIOGRAFÍA DE UN ESCRITOR EDUARDO ABEL GIMÉNEZ

Biografía

Eduardo Abel Giménez nació cerca de Buenos Aires, en 1954. Fue músico, hizo revistas de ingenio y de crucigramas, programó computadoras, y empezó a escribir desde chico.

Publicó su primer libro, El fondo del pozo (una novela para adultos), en 1984, y a partir de entonces aparecieron unos doce o quince más.

Entre ellos hay novelas juveniles (Un paseo por CamarjaliMonstruos por el borde del mundoQuiero escapar de BrigitteEl viajero del tiempo llega al mundo del futuro).

Hay libros álbum (Como agua, con Cecilia Afonso Esteves, El hilo, con Claudia Degliuomini).

Hay humor (Bichonario, con Douglas Wright, en varias ediciones y formatos).

Hay libros de juegos para resolver (La caja mágica y la colección El laberinto de los juegos, ambos con Douglas Wright; y Días de fuga de la prisión multiplicada).

Hay un libro de cuentos (La Ciudad de las Nubes). Además, Eduardo es fundador de Imaginaria (imaginaria.com.ar), revista en la Web sobre literatura infantil y juvenil, que codirige desde 1999 con Roberto Sotelo.

Por encima de todo, Eduardo tiene un hijo, lee mucho, y juega mucho con su computadora.


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