La nube
Los cuatro amigos duermen dentro de la cueva abrigándose con
el calor de los perros.
La fogata está encendida. Abril calienta sus manos por
encima de las llamas. Saca del bolsillo su celular y mueve sus dedos
escribiendo en el teclado que imagina sobre la pantalla negra. Repite esta
acción de manera automática una y otra vez recordando su otra vida. No
distingue si pasaron meses o años.
Ahora están en las cuevas, como en la época de las cavernas.
Hasta físicamente ya se parecen a los primeros humanos. Abril había visto
imágenes en internet. “Somos homo sapiens evolucionados que involucionaron”,
piensa. Ahora la historia ha vuelto atrás en una real pesadilla.
Abril se recuesta a la intemperie. Uno de los perros se
acomoda a su lado. Mientras acaricia al animal que la abriga con su cuerpo
peludo, mira el cielo que no es celeste, ni gris y va cambiado de color. No
están las nubes, nunca sale el sol y tampoco la luna.
En este cielo se ven archivos, datos, fotos, videos,
mensajes, códigos, contraseñas. Infinidad de información que va y viene.
Los cuatro amigos, además de salir a cazar y a recolectar
plantas para comer, pasan las horas del día contemplando el mundo a través de ese
cielo.
Abril no puede dormir. Recuerda
todo como si hubiera pasado ayer.
Comenzó o terminó en un día común, como cualquier otro.
Abril se levantó temprano para imprimir el trabajo de
geografía. La impresora se le trabó con el papel que quedó adentro. No pudo
hacerla funcionar. Fue a la cocina a prepararse una leche, pero cuando puso el
vaso en el microondas, se cortó la luz. Su mamá se levantó y subió la térmica
para recobrar la electricidad.
Abril grabó el trabajo en un pen drive. Estaba por salir
cuando escuchó gritos. Unos vecinos se habían quedado encerrados en el
ascensor.
Y el día siguió con incontables desperfectos: El celular de
Abril tenía poca batería en media hora a pesar de que lo había cargado al 100%.
El timbre de la escuela sonaba sin parar, descontrolado y los maestros no
podían detenerlo. En el primer recreo las computadoras se encendieron solas y
estallaron. El cocinero salió corriendo a buscar a la directora porque la
heladera se incendió. Explotaron los tubos de luz de la sala de música y
despidieron un humo negro que los asfixiaba. Activaron el plan de evacuación y
los alumnos y docentes fueron a la escuela más cercana. Allá tenían los mismos problemas.
Pero lo que la hizo entrar en pánico fue un mensaje que llegó a todos los
celulares del mundo al mismo tiempo. Abril lo leyó en el de una compañera para
ahorrar la poca batería que tenía el suyo.
Decía:
“¡Algunos quedarán almacenados!”.
Aunque la mayoría pensó que se trataba de una broma de mal
gusto y nadie le dio demasiada validez al texto, Abril tuvo miedo.
A raíz de ese mensaje, muchas personas enviaron toda clase
de comentarios, mensajes, memes, burlas y predicciones falsas por las redes sociales.
Y a las cuatro de la tarde sucedió. Estallaron algunos celulares, y generaron
un humo amarillento. El cielo quedó completamente cubierto y el olor era
insoportable. Abril se recuerda en el patio de la otra escuela con los ojos
llorosos y tapándose la nariz para no inhalar. Esa fue la única imagen que le
quedó, porque después se desmayó.
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Y cuando despertó ya estaba junto a Francisco, Javier y
Tamara, ahí, en la nube de internet.
A pesar de las investigaciones que los cuatro realizan, no
saben en cuál de los servidores están. Tratan de descubrirlo para poder volver.
Por eso van relacionando los datos, las fotos, archivos y todo lo que
descubren.
—Estamos almacenados —dice Francisco.
—¿Habrá otros como nosotros en otros servidores? —pregunta
Javier.
—Tenemos que encontrar la manera de mandar un mensaje —dice
Abril.
—Es imposible. Si no tenemos electricidad, menos tendremos
conexión…
—se queja Javier—. Pensemos con tranquilidad. ¿Cuáles son
los riesgos de estar en la nube?
—pregunta Francisco—, pueden ser beneficiosos para nosotros.
—Cuando me pasaba horas conectada, mi papá me decía que no
podemos estar seguros de quiénes ven lo que subimos, que dejamos de tener
control de nuestros archivos, imágenes y datos. No sabemos si están o no
protegidos y estamos obligados a confiar información personal o confidencial a
otro. Pienso que, tal vez, un hacker pueda intentar entrar en la nube. Pero,
sin internet no hay nube…
—Entonces, si hay nube es porque hay conectividad —dice
Francisco—. Tenemos que acercarnos al cielo de datos.
—¿Ustedes saben construir un avión? No, y yo tampoco —dice
Javier con ironía.
Mientras ellos discuten, Tamara, que había permanecido
callada, dibuja algo con una rama sobre la tierra.
—¿Qué es? —le pregunta Abril
—Un mapa. Tiene que haber una fractura, por algún lado
entramos. No hay magia en esto.
—¡Un hacker! Necesitamos uno que pueda meterse en este
servidor para sacarnos
—dice Francisco.
—¡Yo mejor me voy a dormir una siesta! Nada de lo que dicen
tiene sentido —se queja Javier.
—Estamos pensando muy desordenados —advierte Abril.
Tratemos de evaluar todos los temas.
El tiempo pasa.
Tamara talla un calendario en una gran roca.
Abril fabrica un reloj de arena.
Francisco estudia de manera obsesiva cada perfil de las
redes sociales.
Javier recolecta comida y duerme.
Juntos construyen un globo aerostático y lo envían al cielo
de datos con algunas prendas que tenían cuando llegaron y también con los
celulares que eran inservibles.
Los cuatro envejecen y mueren en las cuevas. Pero, Abril y
Francisco han tenido un hijo.
Iván, que ya es adolescente, duerme dentro de la cueva
abrigado con el calor de los perros. Está solo pero tranquilo en el único mundo
que conoce. Hasta que los perros comienzan a ladrar con furia.
El chico sale de la cueva, el cielo lo encandila y lo
enceguece. Cierra los ojos.
Cuando los abre está dentro de una habitación. Lo sabe
porque sus padres le habían contado cómo eran las casas donde ellos vivían.
En un escritorio hay una joven escribiendo frente a una
computadora.
—¡Te encontré! — le dice la hacker.
Un cuento del libro Malditos dispositivos. Editorial Mil Trazos.