miércoles, 15 de abril de 2026

LA FAMILIA INVISIBLE

 


La familia invisible

HABIA UNA VEZ un señor y una señora invisibles. También una linda nena invisible. En suma: una familia.
Vivían en Boulogne.

Apenas llegaron al barrio, los vecinos tuvieron que acostumbrarse a algunas cosas que eran raras sólo en apariencia: la máquina de cortar el pasto funcionaba sola; la bicicleta se mantenía parada en el medio de la vereda.

Todo el mundo reconocía a los invisibles por el perfume.
Y por el perfume los saludaban en el barrio.
La familia tenía siempre un rico olor a talco de azucenas.
Cuando alguien olía venir las azucenas, saludaba hacia allí sin ninguna duda:
—Buenas tardes.
—Buenas tardes —respondía alguno de los invisibles. La mamá, el papá, la nena...

Cuando llegó el mes de setiembre florecieron las azucenas en los jardines. Entonces hubo algunos días de confusión.
Sin querer, los vecinos dejaron de saludarlos. O saludaban al aire creyendo que los invisibles estaban allí.
Ni bien se dieron cuenta del error, reemplazaron discretamente sus azucenas por portulacas que no huelen a nada.

Pero en marzo los vecinos notaron algo diferente.
Un cierto aroma a humedad, a zorrino joven, a pelela en día de estreno, a zoológico recién inaugurado aleteaba por la vereda mezclado con el olor a talco de azucenas.
El barrio entendió enseguida.
Se alegraron mucho y felicitaron sinceramente a la familia:
El nuevo bebé invisible tomaba leche de una teta invisible, pero en todo lo demás era igual a los otros bebés.


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