La sombra del conejo Ricur
DE NOCHE LAS
SOMBRAS suelen juntarse en lugares oscuros, y allí nadie distingue una de otra.
Cuando alguien pasa por uno de esos sitios donde ellas se amontonan, casi
seguro que se acuerda de la sombra del conejo Ricur.
¡Un verdadero caso!
Se sabe que
las sombras son como los relojes: algunas acompañan pacientemente a las
personas, otras atrasan y otras se adelantan a todo lo que hace.
La sombra del conejo Ricur era de las que se anticipaban.
Cuando Ricur estaba por desenterrar una planta de finucho tierno, su sombra ya
se había comido la planta. Cuando Ricur estaba por echarse a dormir debajo de
un espinillo, la sombra ya había ocupado su lugar.
Era ansiosa, atropellada...
Un día el conejo Ricur corría a toda velocidad por los campos de Pigüé cuando
se topó de golpe con el borde de un arroyo.
El conejo paró en seco, justo a tiempo.
Pero su sombra siguió de largo y se cayó de cabeza al agua con gran chapoteo y
gritos porque no sabía nadar.
—¡Socorro! ¡Help! ¡Glub! ¡¿Qué esperás para sacarme?! ¡No te quedes ahí papando
moscas!
El conejo la pescó con un palito.
Después la escurrió, la puso a secar sobre un arbusto, la estiró más o menos y
volvió a usarla como siempre.
Como siempre no, porque había encogido.
Ahora le quedaba corta y estrecha de sisa.
Parecía la
sombra del hermano menor del conejo Ricur.
Pero desde ese día la sombra se sosegó y trató de vivir acompasadamente con el
conejo.
Esa es toda la historia.
La mayoría de la gente se acuerda de ella cuando pasa por lugares donde hay
muchas sombras entreveradas.

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